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La palabra Identidad es provocadora. Es, al mismo tiempo, una forma de asimilarnos a algo o alguien -ser idénticos-, pero también reclamar distinción y poner en la mesa lo que nos hace únicos y particulares. La raíz latina de la palabra identidad, identitas, posee ambas connotaciones: la de ser una misma o similar entidad, y la de ser conciente de uno mismo, y por lo tanto de aquello que nos hace distintivos. Esta última acepción involucra una consistencia y continuidad a través del tiempo, es decir, que somos una misma entidad a lo largo de los años.
A pesar de lo lejanas que ambas acepciones pudieran parecer, identidad es al mismo tiempo similitud y diferencia. En efecto, toda la historia cultural de la humanidad y nuestro mundo simbólico gira en torno a la dinámica de lucha y consenso entre ambas fuerzas: la de ser parecidos, similares, idénticos, y aquella que nos invita a diferenciarnos, a marcar diferencias y fronteras (Simmel, 1950).
La identidad se refiere a la lucha por imponer ciertos significados, y es propiedad y se construye en las relaciones sociales. En otras palabras, la identidad es siempre social: ya sea que prime el conflicto o el acuerdo, la identidad tendrá siempre que ver con nuestras formas de vivir juntos. En este sentido, la identidad supone un sentimiento de pertenencia que subyace al autoreconocimiento del grupo y que expresa la valorización de los elementos que conforman la propia cultura: hábitos, costumbres, creencias, folclor, artefactos, técnicas, organizaciones e instituciones, conocimientos, conceptos e ideas. La identidad implica, por otra parte, la contrastación con lo ajeno, con los foráneos, con lo extraño siendo un sentimiento y una percepción de autoreconocimiento frente a lo otro. Por lo tanto, la identidad es un modo de ser que nace no sólo de la pertenencia común, sino también de la diferencia.
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Aunque la identidad tenga esta referencia a las cosas que nos definen y que permiten hablar de una entidad a lo largo del tiempo, ésta dista de ser algo fijo y estático. La identidad es dinámica, es acerca de lo que somos, pero sobre todo, de que queremos ser, o cómo queremos ser vistos. La identidad no es sólo una pregunta por el ‘ser’ sino que también por el ‘convertirse’.
En nuestro tiempo histórico, las identidades religiosas, nacionales, territoriales, étnicas y de género, aparecen como principios fundamentales de auto-definición, cuyo desarrollo marca la dinámica de las sociedades y la política de forma decisiva. En efecto, la modernidad ha significado la posibilidad de contar con mayores márgenes para definir el proyecto de identidad más allá de categorías tradicionales como la familia o la clase social, y ha permitido a los individuos adherir de forma compleja a diversas ‘identidades’. Es así como el concepto de identidad se ha vuelto tan relevante ya que se convierte en una herramienta que permite indagar en las consecuencias la globalización y si ésta produce homogeneización o si refuerza la producción de diferencias culturales. En este sentido, la gran pregunta ha sido por el destino de las identidades asociadas al territorio: nacional, regional, local.
En la construcción de identidad, múltiples referentes pueden ser incorporados, dependiendo de la historia de vida de un individuo, o la posición en la que se encuentra en la estructura social. Es sabido que el referente geográfico es uno de los más tangibles y objetivables, y que ‘dada la variedad geográfica dentro de los países, es lógico que el papel de lo territorial y todo lo relacionado con él esté más marcado en estas identidades (Salazar, 1996)’ (citado en Zúñiga y Asún, 2003: 75).
Lo propio de los individuos y las comunidades es utilizar sus cualidades para crear formas de inclusión y exclusión, divisiones entre un ‘ellos’ y un ‘nosotros’, entre los que pertenecen y los que no. Las fronteras tienen este rol dual en la construcción del sentido de lugar: los de dentro y los de fuera.
Castells (1999) indica que la identidad regional se constituye como reacción social frente a la crisis del estado nación, y que desde los años noventa la identidad regional se ha visto enfatizada desde aspectos que van más allá del costumbrismo y cotidianeidad. De acuerdo a Zúñiga y Asún (2003) la identidad regional puede ser definida como aquella parte del autoconcepto de un individuo que está basada en su pertenencia a un grupo regional, junto con el significado valorativo y emocional asociado a dicha pertenencia’ (Zúñiga y Asún, 2003: 75)
La identidad regional, al igual que el concepto de identidad es dinámico, y se refiere al proceso a través del cual las personas identifican un territorio y se identifican con un territorio, con su cultura, tradiciones, paisaje, historia, etc. La identidad regional se puede manifestar de diversas formas, como complejo de inferioridad o como orgullo, como sentimiento de pertenencia, derecho y proactividad cultural o política. Asimismo, la identidad regional no puede entenderse sólo en términos del pasado o presente, sino también en términos de futuro, de las proyecciones, arquetipos, proyectos, mitos o metáforas con que la gente de una región o de un país se identifica en metas, horizontes de expectativas o utopías, por definición inalcanzables en su totalidad, aunque también por lo mismo fuertemente productivos. En efecto, la identidad regional no es un concepto estático, dado o que se deba conservar intacto, sino que es dinámico y se crea por medio de ‘procesos de adaptación en el espacio y en el tiempo’ (Zúñiga y Asún, 2003: 75)
Las narrativas de la identidad regional se apoyan en elementos misceláneos como ideas sobre la naturaleza, el paisaje, el medioambiente construido, la cultura y etnicidad, el éxito económico, pobreza, fronteras entre el nosotros y ellos, historias, utopías, etc. Todos estos elementos son contextualizados en prácticas, rituales y discursos que construyen narrativas de comunidades imaginadas (Anderson, 2000). La identidad regional alude además al sentimiento de pertenencia al territorio. En síntesis, la identidad regional ‘implica un compromiso afectivo vital con el pasado, presente y futuro de los procesos económicos-sociales y culturales que acaecen en una localidad o región’ (Amtmann,1997:9).
En síntesis, la identidad regional alude a un sentimiento de pertenencia y a un sistema cultural de referencia, y como indica Zúñiga y Asún (2003) ésta se basa en la conjunción entre el medio físico (base ecológica), la continuidad histórica (base temporal) y la continuidad social (base cultural).
Sin ánimo de entrar en demasiadas disquisiciones semánticas, es preciso establecer una diferencia entre la identidad de la región y la identidad regional. La identidad de la región, según Paasi (2001, 2002a, 2002b, 2003) se refiere a las características de la naturaleza, cultura, paisaje y la gente que vive en los territorios que se utilizan en la construcción de discursos y clasificaciones que se elaboran desde la política, el activismo, el marketing regional, governance, políticas de regionalización, etc. para distinguir una región de otra, y con el afán de delimitar, nombrar y simbolizar el espacio y sus grupos.
Por otro lado, la identidad regional o conciencia regional, tanto de quienes viven en la región como de aquellos que viven fuera, apunta a la identificación a distinto nivel que la gente tiene de esas prácticas institucionales, discursos y simbolismos que son un retrato de la estructura de expectativas que se institucionalizan como partes del proceso que llamamos región. La estructura de expectativas que se genera a partir de la conciencia regional y por la pregunta por dónde pertenezco es fundamental para establecer el vínculo entre los individuos y sus territorios, sus sueños, destinos, derechos y deberes respecto de aquel.
Esta distinción es importante a la hora de establecer mecanismos para potenciar o fortalecer la identidad regional y para definir los niveles a los que se busca intervenir: ¿esperamos crear narrativas sobre la región que sean reconocidas desde fuera?, ¿esperamos que los habitantes de la región, haciéndose cargo de sus expectativas, propongan visiones de futuro?, ¿esperamos que la gente que vive en la región ‘se ponga la camiseta’ de su territorio?, ¿queremos contribuir a entregar elementos o recursos para construir esas identidades?
Muy probablemente esperemos hacer una intervención en todos estos niveles, por lo tanto es preciso indicar si hablamos de identidad regional y/o identidad de la región. Asimismo, trabajar por la identidad regional involucra un proceso complejo. Quizás sea por la historia de la regionalización de nuestro país, pero nos cuesta pensar que las historias de las regiones son heterogéneas: no es lo mismo el devenir histórico de las comunidades autónomas españolas, las Lander alemanas, las wojewòdztwa polacas, etc. Los territorios y su gente a veces han tenido que reclamar por reconocimiento y otras veces en las divisiones han primado criterios administrativos impuestos ‘desde fuera’.
En este sentido, Paasi indica que en la institucionalización de una región, vale decir en el reconocimiento social, político, administrativo y cultural de un territorio se presentan las siguientes etapas:
1. La constitución territorial (el establecimientos de fronteras y delimitaciones; se forma la unidad territorial en una estructura espacial).
2. La formación simbólica (la región adquiere un nombre, lengua o dialecto, bandera, escudo, personajes famosos, hitos geográficos, infraestructura, etc.)
3. La institucionalización (establecimiento y funcionamiento de organizaciones formales como juntas de vecinos, escuelas, empresas, ONGs, todo lo que se refiere a la institucionalización de relaciones sociales que utilizan el nombre y otros símbolos de la región como propios).
4. La conciencia socio-espacial de los habitantes y el establecimiento de la región en un sistema más amplio (producto del proceso continuo de institucionalización y transformación)
Lo interesante es que estas etapas no siguen ninguna secuencia particular y pueden ocurrir simultáneamente. El caso de Chile es interesante porque la regionalización parte como un proceso administrativo de delimitación y no siempre como una demanda desde el territorio por reconocimiento y mayores grados de autonomía. Sin embargo, llevamos más de veinte años desde la primera división y encontramos casos como el de las recientes regiones de Los Ríos y Arica y Parinacota en que las demandas han sido más bien endógenas. Por lo tanto, la institucionalización de las regiones comienza en Chile desde la delimitación político administrativa y hacia lo que se avanza es a reforzar los elementos simbólicos y el espacio sociocultural de identificación.
Uno de los argumentos críticos sobre la existencia de la identidad regional es que resulta difícil establecer la existencia de identidades globales de carácter regional, ya que más allá de las propuestas de desarrollo voluntaristas o bien intencionadas, se carece de datos ciertos que permitan definir proyectos generales a la región. En efecto, se cuenta con instrumentos de planificación o ideario de la región, pero generalmente éstos son diseñados por la elite regional y/o autoridades de turno. Por lo tanto, resulta –al menos- complejo identificar si estos lineamientos responden a un acuerdo relativo entre quienes forman parte de la sociedad regional.
Por otro lado, se arguye que donde sí es posible observar grandes mitos, que incluso exceden a la región, es al interior de cada una de las identidades. Por ejemplo, en los grupos étnicos mayoritarios (mapuches, aymaras, rapa nui). En efecto, los límites políticos no necesariamente crean la identidad territorial pues ésta está condicionada por la existencia de las interrelaciones sociales de distintas escalas tempor-espaciales.
A pesar de estas consideraciones, las demandas de autonomía no son las finalidades últimas de muchas regiones, sino más bien el exigir reconocimiento sus particulares formas de pertenecer al Estado, y por definir sus proyectos de desarrollo. En efecto, hay estudios realizados en Chile, particularmente en la región de la Araucanía que indican que la identidad regional no es incompatible con la identidad nacional (Zúñiga y Asún, 2003). Por el contrario, ‘se plantea que los distintos niveles de identificación nacional y subnacional pueden coexistir (esto es constituir identidades inclusivas), en la medida que una alta identidad con uno de ellos no tiene porque suponer el rechazo de los otros grupos… la identificación con un grupo regional promueve procesos de diferenciación social tales, que el endogrupo regional es construido como un entidad social distinta en relación con el endogrupo nacional más inclusivo. Estos resultados sugieren que una identidad social positiva se puede lograr no sólo por el establecimiento de una diferenciación positiva entre el endogrupo y un exogrupo relevante, sino que existe, además, una segunda vía para la construcción de una identidad social positiva, que puede ser el establecimiento de una diferenciación positiva entre el endogrupo menos inclusivo y el más inclusivo’ (Zúñiga y Asún, 2003: 91)
Vale decir, entre la identidad regional y nacional no tiene por qué existir una definición por oposición, como ocurre generalmente cuando se establecen barreras entre el ‘nosotros’ y el ‘ellos’. Más aún, la compatibilidad entre la identidad regional y nacional implica menos perjudiciales para las relaciones sociales, ya que la identidad regional es aún parte del grupo nacional, y ‘esta relación parte-todo puede moderar cualquier animosidad intergrupal. De este modo, un individuo puede sentirse muy identificado con un grupo regional y, al mismo tiempo, sentirse parte de su grupo nacional (Zúñiga y Asún, 2003: 91). En otras palabras, la identidad nacional y la identidad regional no son excluyentes.
La definición de la identidad de una región debe tomar en cuenta las relaciones de saber-poder que se encuentran asociadas a esa construcción, en otras palabras quiénes y desde qué posición se construye la identidad. Sería ingenuo pensar que existe siempre armonía o unidad entre las narraciones sobre la región y la comprensión que sus habitantes tienen de esas narraciones. Es preciso comprender que la definición de la identidad regional también está inmersa en la economía de intercambio simbólico y por ende en las luchas de clasificación (Bourdieu, 1977, 1974). Como indica Paasi (2002), la identidad regional es un caso de luchas por el monopolio del poder para hacer que los individuos crean y vean, conozcan y reconozcan como legítimas las divisiones del mundo social, en definitiva para hacer y des-hacer grupos.
La identidad es entendida habitualmente como una característica evidentemente positiva, como una esencia, posición y dirección, que la gente y territorios poseen, o por la cual deben luchar. Esta visión esconde conflictos étnicos y culturales ya que creer que existen vínculos profundos y fijos entre un grupo específico y un territorio puede llevar a procesos de exclusión social y de convertir en un ‘otro’ a relaciones internas como externas de la región.
La literatura en la materia sugiere consensos identitarios, ó más bien sugiere buscar llegar a acuerdos convenientes para quienes están involucrados, relativamente duraderos y estables, y finalmente respetuosos. Hablar de identidad regional, por ende, implica hablar de visiones regionales como consenso o acuerdo común que contenga los intereses intraregionales diversos (representación de lo particular en lo colectivo) y de efectos duraderos (estratégico).
En síntesis, la identidad regional implica un compromiso afectivo vital con el pasado, presente y futuro de los procesos económicos-sociales y culturales que acaecen en una localidad o región. Este compromiso vital, entonces, es una fuerza social para asumir el proyecto de desarrollo compartido por los actores, al que pueden subsumirse los intereses conflictivos entre categorías de actores’ (Amtmann,1997:9)
Las representaciones de la identidad regional pueden ser utilizadas como ‘mercancías’ simbólicas y materiales para propósitos de marketing regional, y en ese sentido es preciso no perder de vista su potencial estratégico, conveniencia económica y compromiso político (Larraín, 2005). Esto supone que cada actor subordine sus intereses propios a un proyecto colectivo, sin renunciar a aquellos intereses. Este consenso no significa la desaparición de racionalidades e intereses divergentes, sino que implica una puesta en común para lograr un determinado objetivo: ‘El consenso no es unanimidad; es frágil, se construye y se reconstruye, reposa sobre relaciones de negociación permanentes’ (Boisier,2004:8). 10) En definitiva, la "visión" corresponde a un constructo social. No es "cómo nos vemos a nosotros mismos", sino "cómo y dónde deseamos vernos en un determinado futuro" ("I have a dream", "imagine", etc.).
Finalmente, es fundamental entender que las definiciones y narrativas sobre la identidad regional son siempre actos de poder, y que estos discursos siempre intentan fijar ciertos elementos como si fuesen perpetuos. Sin embargo, en la actualidad existen mayores márgenes para que la identidad pueda ser enarbolada no sólo desde los discursos de las elites locales, sino que también desde los discursos populares.
Entre las teorías del desarrollo regional existen algunas diferencias respeto a cómo abordar las diversidades al interior de una región y el fomento de la identidad regional. Hay perspectivas que enfatizan la unidad como vehículo para potenciar las estrategias de desarrollo, y hay otras que alertan sobre las dificultades y potenciales riesgos de desconocer la diversidad y divergencia de identidades e intereses. A pesar de esta variedad de posiciones, existe relativo consenso en torno al rol de la identidad regional como precondición de la ciudadanía en distintos niveles (Painter, 2002; Entrikin, 2002). La identidad regional ha sido también vista como una herramienta importante para potenciar el desarrollo y la planificación regional (Amdam, 2002, Haartsen et al., 2000; Raagmaa, 2002). En efecto, la descentralización político-administrativo supone un reconocimiento de un sujeto capaz de asumir la gestión de intereses colectivos y la transferencia a este sujeto de un conjunto de competencias y recursos que ahora no tiene y que podrá gestionar autónomamente en el marco de la legalidad vigente.
Pero, ¿por qué es importante la identidad y su fortalecimiento, en términos del desarrollo?¿se podría generar desarrollo sin identidad, o fortalecer identidad sin desarrollo? ¿le interesa al desarrollo económico, la identidad?. Al parecer, el fortalecimiento de la identidad – siendo elemento del desarrollo – tiene en sí mismo, un propósito político y un fundamento filosófico (fortalecer la democracia, profundizarla, hacer a las personas "más felices, empoderar las bases sub e intraregionales, etc)
En este sentido, se destacan las siguientes ventajas de mirar la centralidad de la identidad regional de cara a procesos de desarrollo:
- Une a la gente y genera sensación de pertenencia
- Provee de valores regionales comunes
- Entrega mayor ‘seguridad’ en la región y en su porvenir
- calma antagonismos
- fomenta el capital social y la cooperación
- fortalece las instituciones basadas en el espacio de lo común y estructuras de expectativas.
- Convierte a la región en un interlocutor válido en temas culturales y económicos para luchar por los recursos y el poder frente al centralismo.
La identidad regional también puede contribuir a que el territorio obtenga mejor reputación e imagen lo cual atraería más personas, inversionistas, empresarios, trabajadores, profesionales y técnicos a vivir ahí. Por otro lado, una localidad sin fuerte identidad puede crecer rápidamente gracias a la inversión de capitales externos, que por ejemplo explotan recursos naturales o porque crecen a costa de trabajo estacional, sin embargo esto no necesariamente implicará un desarrollo del propio territorio donde se ubican.
La heterogeneidad social regional permite distinguir diferentes categorías de actores. Es así como pueden identificarse como actores sociales relevantes en una región –ya sean individuales o institucionales- a empresarios, dirigentes sindicales, planificadores, técnicos y burócratas, dirigentes políticos, oficiales militares, organizaciones de habitantes urbanos y rurales, académicos e intelectuales, propietarios y trabajadores de los medios de comunicación colectiva. De acuerdo con Raagma (1999) una fuerte identidad regional favorece el trabajo en red, la construcción de instituciones y desarrollo innovador, ya que contribuye a que dichos procesos se desarrollen en espacios de confianza, apertura al cambio (evitar el path dependence). Al mismo tiempo, los líderes regionales pueden ser considerados factores claves en la construcción de la región y su desarrollo. La idea viene del trabajo de Gumilev y la teoría de los pasionarios (activistas, emprendedores, etc.) y carismáticos en general que aportan una visión que atrae y moviliza a los grupos, que contribuye a cambiar o fortalecer las identidades regionales y que aseguran el crecimiento económico de la localidad.
Esto se refiere a potenciar al capital social y la construcción de institucionalidad y desarrollo económico. Este tipo de desarrollo no es sólo función del desarrollo del aparato productivo ni de decisiones atomizadas de empresas y sus trabajadores, sino que de los que se denomina la política del espacio o lugar. Los estudios de desarrollo regional han puesto poco atención a la importancia de los innovadores y emprendedores regionales y cómo éstos son parte de una gran proceso de fortalecimiento de la identidad regional de cara al desarrollo.
De acuerdo con Bassand y Hainard (1985) es posible vivir a las personas en cuatro grupos de acuerdo a la identidad regional que detenten:
Apáticos y consumidores pasivos: pasivos en términos culturales y sociales, con dificultad para elaborar perspectivas de sí mismos.
Modernistas: constantemente tratan de romper con las normas tradicionales y modernizar la vida local. No se identifican a si mismo como parte de lo local. Por lo general, tienen influencia en la vida política, cultural y económica.
Tradicionalistas: Han formado una identidad espacial muy fuerte, pero sus ideas sobre ésta están basadas en las tradiciones y no están demasiado abiertos al cambio.
Regionalistas: tienen una identidad regional abierta al cambio, pero siempre con referencia a lo histórico, natural y cultural. Están abiertos a superponer aspectos nuevos y antiguos en su identidad. Vivir en la región implica poner condiciones.
La cultura regional es importante para el desarrollo económico de la región. Un alto nivel de capital social en la cultura local permite un desarrollo de las redes sociales de confianza y cooperación para fines relativamente comunes. Algunos autores incluso hablan de estilos de vida comunes entre las personas que viven en las regiones, y que esta mezcla de oportunidades laborales, formación, orientación productiva, residencial, de gustos, etc. evita de cierta forma o es una barrera para la migración de capital humano. En este sentido, es importante pensar en estos elementos a la hora de observar cómo se desarrolla la masa crítica y líderes regionales, en la medida que éstos sienten que hay un vínculo entre el propio desarrollo y bienestar, y el devenir de su región. La identidad regional o conciencia regional, el sentir más bien colectivo, funciona como un aliciente para quedarse en la región.
Se asume que la identidad regional se relaciona con la disposición de las personas por obtener objetivos comunes y por lo tanto contribuye al desarrollo regional. La identidad regional es fundamental para asegurar la participación pública en la planificación. En efecto, la literatura internacional enfatizan que la participación ciudadana y planificación colaborativa (Healy, 1997) necesitan de identidad regional!
En efecto, como indica Amtman (1997) ‘un proyecto de desarrollo regional para que no quede en sólo un proyecto, no debería imponerse desde la jerarquía administrativa de la región, sino que debería auscultar lo que están procesando los diversos grupos de status en la región, y en lo posible contribuir a fomentar y fortalecer aquellos mecanismos de articulación entre esos grupos, poniendo en juego la influencia, la compensación y el compromiso entre ellos. Sólo así la región estará en condiciones de asegurar su desarrollo, mediante la consolidación de su identidad y a su vez respetando las diversidades existentes’ (Amtmann, 1997:13)
Los temas de los actores sociales y su identidad con la región surgen como factores decisivos de tales procesos, al aceptarse que la acciones de descentralización a los niveles locales y regionales se condicen con los requerimientos de la profundización democrática y del desarrollo equitativo, sólo en la medida que se fortalezca la participación de la sociedad civil. Sin embargo, ‘al analizar estos temas surgen relaciones conceptuales aparentemente contradictorias, La primera se refiere a ala concertación y articulación de actores sociales regionales con intereses antagónicos. La segunda señala la oposición entre la diversidad sociocultural al interior de la sociedad de cada región y la necesaria identidad regional’ (Amtmann, 1997:13-14)
La identidad regional debe ir de la mano de estrategias de re definición de la democracia y abierta a mayores niveles de participación ciudadana de forma que genera sinergia con dichos procesos en vez de cuestionarlos. La fuerza de la identidad regional y la densidad de la institucionalidad son cruciales. Mientras más institucionalidad de calidad opere en la región, mayores posibilidades para la participación, envolvimiento con la región y desarrollo sostenido.
Mayor identidad regional trae consigo mayor capital social (redes, valores comunes, confianza) y cooperación. Una fuerte identidad regional crea mayores niveles de motivación colectiva y personal, induce al desarrollo del aprendizaje de buenas prácticas y da estabilidad en el desarrollo demográfico.
La teoría indica que es preciso que se generen unas ‘estructuras de expectativas’ entre los habitantes de la región y esta estructura compleja que es la región (mezcla de institucionalidad pública, potencial simbólico, etc.) Los habitantes explicitan sus demandas y necesidades, y como contribuyen a trabajar por la región. Es así como los habitantes perciben que pueden posicionarse respecto de intervención externa y son más preactivos cuando se refiere a políticas públicas diseñadas a nivel central. En este sentido hay autores (Raagma, Gisevius) que indican que la identidad regional puede convertirse en una estrategia administrativa que contribuya a movilizar los poderes locales para un desarrollo regional.
Más aún, la literatura sugiere que una(s) identidad(es) regional(es) fortalecida(s) incluso puede contribuir a profundizar procesos de descentralización y dar el esperado salto cualitativa que proviene de la energía social, de ámbito sociocultural: ‘un fortalecimiento de las identidades regionales puede servir para potenciar una opinión colectiva favorable a un proceso de descentralización del país’ (Zúñiga y Asún, 2003: 90)
Para que los discursos de la identidad regional sean significativos para las personas, éstos deben incluir dimensiones espaciales y temporales. Lo primero es la territorialización ó construcción y reproducción de una territorialidad en discursos culturales u otros. Lo segundo es que la mayoría de los discursos sobre identidad regional incluyan una referencia hacia el pasado, con imágenes del presente y utopías sobre el futuro. Esto incluye precisar narrativas y material iconográfico de la comunidad social.
Junto con ello, el empoderamiento de las personas que viven en las regiones puede tomar forma tras un trabajo detallado de construcción de identidad y apoyando también su participación en la vida política de la región. La capacidad al interior de la región de construir identidad contribuye a una governanza más proactiva y a profundizar la democracia. Sin embargo, es preciso tener en cuenta que la identidad regional debe ser fuerte y forzarse pero no debe ser cerrada sino sensible a los cambios. Es un recurso fundamental a la hora de fortalecer el capital social en la región, la atracción de capital, emprendedores, profesionales y técnicos formados.
El desarrollo y fortalecimiento de la identidad regional y de la articulación de los actores sociales regionales son procesos que debieran inducirse deliberadamente con el objeto de construir las bases sociales, culturales y políticas del desarrollo regional, de las imágenes de futuro colectivamente elaboradas con las consiguientes implicancias de cambio. Para ello, la Unidad de Identidad y Cultura de la DDR ha elaborado una propuesta para un Programa de Fortalecimiento de la Identidad Regional, que se presenta a continuación.
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